A rebufo de la nueva victoria de la selección española de fútbol se vuelven a suceder las propuestas para optimizar este logro en la construcción (reconstrucción) de la Marca España. Se trata de propuestas variadas, singulares y -como denominador común- todas razonables.
En esa ola de creatividad, queremos hacer nuestra particular aportación. Y la queremos hacer sobre un atributo de los que definen un sentir nacional: el himno de España.
La Marcha Real (o Marcha Granadera) es el segundo himno nacional más antiguo del mundo. Fue compuesta en 1770 (25 después de que lo fuera el God Save the Queen). A lo largo de sus más de 240 años de historia la partitura ha sido acompañada periódicamente por letras que se han caracterizado por su falta de calado histórico. La música prevalece, las letras no.
Los himnos nacionales -en su acepción más tradicional- tratan de reflejar la unión, el sentimiento de solidaridad y la glorificación de la historia y las tradiciones del país. Esta amalgama de emociones, aceptada por el gobierno de un país como música oficial del Estado, se convierte en la composición patriótica que nos vertebra desde una perspectiva sonora.
En España algo ha fallado en la simbiosis de música y letra. De hecho, a nivel institucional lo sigue haciendo. La última tentativa del COI español lo demuestra. Sin embargo, coincidiendo con los triunfos de La Roja el pueblo de España ha acuñado una letra propia, integradora y universal. El “lo-lo-lo”.
Después de años de abatimiento por no tener letra nos hemos dado cuenta, por la vía de los hechos, que los himnos más populares (asociados a movimientos revolucionarios, independentistas, etc…) se acompañan de declaraciones muy poco conciliables con lo que entendemos por el mundo moderno.
Hagamos un rápido repaso. Los franceses cantan: “Que una sangre impura |Empape nuestros surcos”. Los portugueses: “A las armas, a las armas | Por la patria a luchar | Contra los cañones marchar, marchar”. Los italianos: ”Ya el águila de Austria | Ha perdido sus plumas | La sangre de Italia” o los argentinos: “Coronados de gloria vivamos… o juremos con gloria morir”
En contraposición, nuestro “lo-lo-lo” es pura expresión semiótica. Las gargantas de millones de españoles se ven impelidas a articular algún tipo de letra que les permita conectar con ese momento de exaltación patriótica que acompaña a los sones del himno. Ni siquiera en cualquier momento. Tan solo cuando la intensidad emocional lo demanda. Se trata de una letra de quita y pon empleada con mucho criterio.
Con esta reflexión de partida, es inevitable reivindicar la consolidación del “lo-lo-lo” como letra oficial del himno de España. Además de las señas de identidad ya expuestas -emana espontánea y directamente del pueblo, se puede entonar -o no- según las circunstancias ambientales- habría que añadir las siguientes: requiere un nulo esfuerzo de aprendizaje, su contenido no afrenta a ningún segmento objetivo de la población española (ni por cuestiones ideológicas, ni raciales, ni de género), su capacidad de entrada en el mercado mundial de los himnos es total (el “lo-lo-lo” puede ser cantado por un chino, un sudafricano o por un finlandés), transmite valores que van de lo concreto (patriótico) a lo general (ciudadano del mundo) y que -por lo tanto- lo perfilan potencialmente como el primer himno realmente global de la humanidad tal y como la conocemos hasta ahora.
En conclusión, en nuestra opinión el “lo-lo-lo” es uno de los activos más estratégicos que, a día de hoy, presenta la Marca España en términos de modernidad y de identidad corporativa.








